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domingo, 3 de abril de 2011

Diario de una depresión: Partes I, II Y III

    PRESENTACIÓN
<“Diario de una depresión” cuenta la historia de una chica joven y madre que ve como todo lo que había construido para su futuro se ve truncado por causas diversas.
La maternidad la agobia hasta el punto de hundirla en una depresión oscura y de la que no ve salida.>
La historia estará escrita en presente y recordará hechos pasados a modo de flashes.
Espero que les guste y que me paguen con sus comentarios, ya que es mi único sueldo.
Besines, Jud

EL COMIENZO DE LA OSCURIDAD

Hoy me levanté sin ganas de nada, como es mi costumbre últimamente.

Llevo el mismo pijama desde hace tres días, pero poco me importa.
Me levanté a las siete, le di el biberón a mi beba y me volví a acostar.
Ya pasaron tres meses desde que parí. Mi primera hija, que ilusión tenía cuando la busqué; por desgracia nada fue como creía que sería.
No derramé ni una lágrima al ver por primera vez su hermosa carita.
A mitad del embarazo mi vida perfectamente planeada se torció y perdí toda ilusión, salvo la de tener a mi bebe.
Me doy asco y hace semana que deje de mirarme al espejo. Mi marido insiste en lo preciosa que estoy, pero a  mí no me apetece que él me toque o que me vea desnuda.
A los pocos días de parir ya había recuperado mi peso habitual… ahora tengo por lo menos siete kilos de más.
Mi barriga quedó llena de estrías que llegan hasta el pubis y para colmo estoy empezando a dejar de tener leche, la niña no se coge bien y se pone histérica por mi ausencia de pezón. Yo estoy harta de verla sufrir, con hambre y de tener que soportar el dolor de cada succión.
Mi vida gira entre pañales, biberones, llantos y poco dormir.
No puedo quejarme, ya que cada paso que he dado ha sido porque he querido. Con diecinueve años me casé y con veintitrés decidí ser madre… el sueño de mi vida, que supongo será el de la mayoría de mujeres.
Una serie de catastróficas desdichas hicieron que me hunda en este profundo y oscuro abismo en el que me encuentro. La muerte de mi abuela, la caída en picado de mi negocio, la perdida de mi casa, el cumulo de deudas… todo durante mi embarazo.
No sé decir en qué momento exacto me hundí en la mierda, sólo sé que no puedo salir, no sé cómo hacerlo y estoy… estoy desesperada.
No tengo ganas de visitas y mucho menos de salir.
Me siento una madre asquerosa; pues mi hija está prácticamente todo el día con su papa. Él no me lo echa en cara, supongo que cree que es simple cansancio.
Quiero a mi hija, pero a veces me harta. Me absorbe demasiado tiempo.
Necesito tener tiempo para mí.
Necesito llorar la muerte de mi abuela. No la pude llorar porque no quería dañar a mi bebe, pero ahora eso me daña tanto que apenas puedo soportarlo.
En cuanto me quedo sola miles de ideas se cruzan por mi cabeza. Estoy segura que mi marido, mi hija y el resto de mi familia estarían mucho mejor sin mí.
Cada día es una cruel tortura para mí y deseo no despertar, cada noche me acuesto con ese pensamiento, pero al parecer el Universo está decidido a hacerme desdichada y torturarme.
Soy una mala esposa, mala hija, pero lo que más me duele es darme cuenta de lo mala madre que estoy siendo.
Quiero terminar con esto y no es tan difícil.

Mientras me ducho, cojo la Gillette y la acercó a mi muñeca… estoy a escasos segundos de conseguir mi ansiada libertad o mi condena, según como se mire.
¾La gordis se hizo caca –dijo mi esposo mientras abría la puerta del baño.
La cuchilla calló al plato de ducha. La verdad es que me habrían faltado ovarios para hacerlo, soy demasiado cobarde. De todas maneras esa idea me sigue rondando, me persigue y me acosa.
La oscuridad me va engullendo cada vez más y por mucho que lo intenté ella ya se instaló y pase a sus anchas dentro de mí está haciendo estragos.
Ya no soy la que era, no me reconozco. Apenas queda rastro de esa chica fuerte, enérgica, con sueños y ganas de vivir. De esa chica enamorada y maternal… no sé quien soy.

 LA OSCURIDAD SE APODERA

No sé con exactitud cuando la oscuridad empezó a engullirme, pero si cuando dejó de hacerlo. Dejo de hacerlo cuando entendí que cada cosa –buena o mala- que me sucede en la vida es para aprender, crecer y para enriquecerme como persona. Todo sucede por una razón.
Pero hasta llegar a eso fueron muchas lágrimas las que derramé, fue mucho el dolor que soporté y también el daño que me hice –y hacía sin quererlo a la gente que me rodeaba-.
Lo cierto es que el motivo de mi estado no fue el nacimiento de mi hija, la muerte de mi abuela o como quedó mi cuerpo tras el parto. También vale aclarar que no fue una depresión post-parto, más bien esta se juntó con una depresión que –creo yo- que venía gestándose dentro mio desde hacia ya algunos años; aunque nunca fui plenamente consciente de ello hasta, prácticamente hasta hace muy poco.
Si me remonto a mis últimos años diviso muchos cambios, tal vez demasiados para una niña que empezaba a convertirse en mujer.
De repente me encontré en un país desconocido donde la mitad de mi familia no estaba y mucho menos mis amigos. ¡Los amigos!, esas personas tan importantes en la vida de cualquier adolescente.
Allá por el año dos mil uno mis tíos se fueron y yo no paraba de decirles a mis padres las ganas que tenía de irme a España. Obviamente ninguna de las partes quería que yo hiciera ese viaje sola, algo entendible y que ahora agradezco.
Mi madre limpiaba casas; se iba de mi casa a las siete de la mañana y no volvía hasta cerca de las nueve, aún así el dinero nunca alcanzaba.
Mi papá llevaba trabajando casi treinta años en la misma empresa, lo veíamos más bien poco sobre todo en los últimos años en que tenía unos turnos espantosos. El único momento que teníamos con él –mi hermana y yo- era cuando por las noches –las que estaba- nos contaba el cuento; si mal no recuerdo le pedí que me contará cuento hasta los doce o trece años… era mi momento con él y gracias a eso soy una amante de la lectura.
Cada vez que necesitábamos ropa o zapatillas mis padres sacaban créditos o primero se lo compraban a uno y después al otro. Somos cinco hermanos, mi hermana y yo las pequeñas.
Era una época difícil.
Mi hermano mayor se había casado hacia algunos años y no vivía en casa. ¡Joder! Como lo echaba de menos, mi hermano mayor, mi papá cuando no estaba el mío.
Recuerdo lo mal que lo pasé cuando supe que tenía novia y ni decir cuando se casaba, ya llegará el momento de esa historia.
El caso es que un buen día mi padre se quedó sin trabajo, con el dinero que le pagaban –que no era poco, pero si insuficiente para mantener seis bocas- decidieron que lo mejor era venirnos a España y así darnos un futuro mejor a mi hermana y a mí. Uno de mis hermanos se vino con nosotros también.
La noticia me alegro mucho… porque no fui consciente de lo que eso acarreaba hasta el día que fuimos a hacernos los pasaportes. Ese día lloré como un bebé y ahí empezó mi declive.
Todo fue en tiempo record y apenas me daba tiempo a hacer todo lo que quería.
Por aquel entonces yo contaba con diecisiete años. Lo que más me dolía era dejar al que yo creía era el amor de mi vida.
Ya no estábamos juntos, pero yo lo quería tanto que si me lo hubiese pedido me habría quedado sin dudarlo un segundo. Pero no lo hizo, hasta le costó ir a despedirme, yo pienso que porque le daba exactamente igual lo que hiciera yo con mi vida. ¡Qué alegría cuando lo vi!
Mi último día en la que yo denomino mi anterior vida transcurrió en interminables horas de despedirme de vecinos, familia y amigos. Mis amigos por aquel entonces pasaron toda la noche en mi casa hasta que pasaron a recogernos.
Me saqué fotos, me escribieron cartas, me firmaron una camiseta de Argentina y prometimos no olvidarnos; pero muchas veces a las palabras se las lleva el viento y la distancia puede ser muy traicionera.

Los primero días en España fueron un continuo ir y venir. Mis tíos nos llevaban a todas partes y disfrutaba mucho.
Lo malo es cuando me quedaba sola, cuando cerraba mis ojos y cada pensamiento, cada sentimiento se iban de mi cuerpo. Entonces me veía en mi barrio, en mi casa, con mi gente… al abrir los ojos la realidad me pegaba una ostia para despertarme y ahí volvía a llorar, lloraba tanto que mi corazón se compungía.
Mi hermano y mis primos –bastantes años mayores- me llevaban con ellos a baila y yo lo agradecía, ya que siempre fui muy fiestera y me gusta bailar.
Pasaba los fines de semana medio borracha.
Para fin de año –hacia apenas un mes que estaba en España- nos fuimos a un salón de fiesta después de la típica cena familiar.
Ese fue uno de mis peores momentos, pasar las fiestas con media familia rota, en un país en el que hacia tanto fría que brindabas en el balcón y se escarchaba la sidra. Un lugar donde los vecinos no salen a saludarse, donde después de las doce no parece que se termina el mundo de tantos petardos y fuegos artificiales. Un país donde Papa Noel va vestido con su traje sin asarse de calor; son pequeños detalles insignificantes, pero que hacen la historia de uno y a mí eso me faltaba.
A las tres o cuatro de la madrugada estaba tan borracha que apenas podía moverme, así que me llevaron a dormir al coche.
Mientras tanto una chica me parloteaba en la oreja: ¾Debe ser muy duro estar tan lejos-.
Yo sólo pensaba ¾Cierra el pico zorra, si me lo recuerdas es peor, no lo ves? – me hundí en un mar de lágrimas y alcohol.
Esas fueron las peores fiestas de toda mi vida, las peores.
Durante todo el dos mil tres dediqué –más bien malgasté- mis días en salir de fiesta.
También tenía buenos momentos como cuando viaje a Barcelona con mi hermano a visitar unas amigas o cuando viaje a Madrid.
Trabajaba tres meses en un lugar pero enseguida me hartaba. Al menos ese dinero me servía para salir de fiesta una buena temporada.
Decidí trabajar porque mi mamá me dijo “trabajas o estudias, yo vagos no voy a mantener”; normal que me dijera eso… en Argentina estuve casi un año en el que no hacía nada de nada, salvo dormir, comer y salir.
Llamaba todas las semanas a mis amigos, les escribía cartas –que casi nunca enviaba-, los lloraba. También dejé de leer y de escribir.
Para colmo en casa no teníamos televisión y sólo escuchábamos radio. ¡Qué aburrimiento! Lo bueno es que eso nos ayudo a comunicarnos más y mejor, sobre todo con mi hermano, con el cual me llevaba fatal hasta antes del viaje.
Al final resultó que escuchar la radio fue lo que impulsó a que m vida cambiara, más adelante entenderán porque.
Ese año cumplía por fin los dieciocho. Tenía pensado juntar dinero y volverme a Argentina; ahora lo pienso y creo que habría sido una completa locura.

Con este viaje empezó todo o al menos fue lo que hizo que empezará el mayor proceso de la depresión.
Un viaje que ahora agradezco enormemente a mis padres. Porque si bien pase malos y tristes momentos; también acá sucedieron los mejores de mi vida.


 UNO DE MIS PEORES MOMENTOS

Hoy es uno de esos días en los que me siento bien y me abunda la felicidad. ¿Cuánto durará? Ni yo lo sé. Pero seguro que no mucho.
Por fin puedo dormir más tiempo desde que mi hija toma el biberón; ahora por las noches se despierta siempre mi marido y eso a mí me deja descansar.
Debo decir que tengo mucha suerte de tener el esposo que tengo. Cuida de la pequeña, me ayuda en los quehaceres de la casa y siempre me dice lo guapa que soy –aunque a mi me cuesta creerlo-.
Pero a veces me siento desplazada, siento que he pasado a un segundo plano, no sólo para él sino que para todo mi entorno.
Ya nadie viene a verme ni me llaman para saber cómo estoy. Llaman para preguntar por mi niña y si se acuerdan me preguntan por mí. Sé que es un pensamiento estúpido, egoísta e infantiloide, pero m gustaría que a veces alguien se percatara de mi presencia y vieran que no soy invisible.
Lo cierto es que yo me siento invisible. Me miro al espejo y no veo nada, estoy vacía.
Mañana viajamos a la Tierra de mi familia, dónde depositaremos las cenizas de mi abuela ¿ves? Ya se disipó todo rastro de alegría.
                                                                             ###
Mientras caminábamos hacía el cementerio, cual procesión, se me vinieron a la mente muchísimos recuerdos.
Recuerdos de cuando mi abuela me contaba sus historias de la guerra, de la época de Franco, su partida a Argentina para buscar un futuro mejor. ¿Qué paradójico verdad? Ella se fue a mi país en busca de algo mejor y yo me vine al suyo en busca de lo mismo y hoy la devolvimos a sus raíces, junto a su familia.
¡Debo quitar ese recaerme que me hace sentir tanto remordimiento!
                                                                       ###
Mis padres viajaron a Argentina después de cuatro años sin ver a sus otros hijos y sus nietos.
El mismo día de su partida mis tíos se llevaron a mi abuela a su casa y ya se encontraba mal desde la noche anterior. Eso fue un viernes.
El día lunes la ingresaron y dos semanas después nos comunicaban que tenía cáncer de páncreas, ramificado por todas partes. Sólo le quedaban dos meses de vida.
Previo a saber la devastadora noticia pensaba que era algo hepático, por lo que me tenían prohibido ir al hospital en mi estado, ya que estaba de casi ocho meses de embarazo.
En cuanto supe que no era nada contagioso me fui corriendo al hospital. Ella se enfadó porque había virus y no sé cuantas milongas, pero era mi abuela y quería verla.
Al verla llena de sondas, sueros, vías intravenosas; en un color amarillo flúor… se me parto el alma.
Mi abuela era una mujer de contextura grande y siempre estaba activa. Salvo los últimos años que tenía una pierna fija porque su cuerpo había rechazado una prótesis.
Aún así estaba siempre haciendo algo. Su mente estaba tan lúcida, se acordaba hasta de los detalles de su niñez y eso me generaba mucha admiración.
Creo que fue a los pocos días de aquella visita cuando nos dijeron el tiempo que le quedaba de vida.
Una vez más, un viernes iba a ir con mi hermana a visitarla. En pleno mes de agosto y con mi enorme panza no quería ir sola y justo mi hermana no podía, así que decidimos ir al siguiente.
Alrededor de las siete u ocho de la mañana del sábado –mi marido acababa de irse a hacer un trabajito- me sonó el teléfono, era mi tía… me temí lo peor y lo peor recibí.
Llamé a mi marido y a su hermana, mi cuñada –que esa noche iba a ir a cuidarla al hospital-.
Lloré mucho, pero no todo lo que quería. No me hubiese perdonado que mi hija sufriera más de la cuenta.
                                                                     ###
Desde aquello empezamos a atar cabos con mis hermanos y padres.
Mi abuela tenía una gran prisa por tejerle cositas a mi nena y cada vez que me veía me acariciaba la panza y se ponía a llorar. He de decir que mi nona –como yo la llamaba y llamo- nunca fue de esas abuelas súper cariñosas; era más bien de esas gallegas gruñonas. Pero que siempre te daba caramelos, alfajores y dinero cuando cumplías años.
Así que creemos que todas esas cosas eran porque sabía que no le quedaba mucho tiempo.
Si no lo dijo fue porque sabía que si no mi madre no se iría a Argentina… y mi abuela ante todo, aunque muchas veces se peleaban, siempre quiso su felicidad.
Hoy por fin le pude decir adiós, por fin pude llorar como quise y necesité.
Pero no dejo de sentirme culpable y una mierda.
Una mierda por no haber ido ese viernes, por depender de los demás para ir. Por no poder despedirme de ella y que pudiera tocarme la panza por última vez, poder darle un último beso a su cara llena de arrugas de lucha.
Siento impotencia, porque si hubiese durado los dos meses que habían previsto… joder, al menos podría haber conocido a esa bisnieta que tanta ilusión le despertaba.





4 comentarios:

  1. Ay! mujer me muero de pena...

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  2. Mori, me tiens llorando todo el rato :(
    Como nos parecemos en tantas cosas, recien ahora vemos lo que nos paso, lo que hicimos y lo equivocadas q estabamos....muchas cosas no estan en nuestras manos

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  3. Que duro todo, las cosas tienen sus partes buena y malas, al igual que venir a España lo tuvo; aunque a veces sea difícil verlas. Y lo de tu abuela, es normal llorar la perdida de un ser querido, pero cuando mejor se les recuerda es sonriendo; pues así es como más les gusta vernos a los seres que nos quieren. Un saludo

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  4. Jud, no vas a tener un lector que te comprenda mejor que yo para este diario. Tal vez te comprendan tanto como yo algunos, pero más, imposible.

    ¿Sabes lo que es vegetar emocionalmente durante 20 años porque piensas que no eres una persona tan digna como cualquier otra? En tu diario se muestra incluso la culpabilidad que tenías por necesitar que los demás se interesaran por ti. ¡Caray, qué baja es la autoestima de un enfermo de depresión, lo único que puede calmar nuestra enfermedad es sentirnos queridos y aun así nos lo negamos!

    Judith, y lo grave de estos 20 años de depresión y de vida desperdiciada ¿sabes qué es? Que fui tratado por un psiquiatra mezquino, indolente y estúpido que jamás me dio ni un sólo medicamento que la pudiera paliar a pesar de que hoy día sé que mi depresión le era evidente. Como era un funcionario caído en la rutina más miserable (y mis respetos hacia el resto de los funcionarios) sólo le preocupaba medicar mi otra enfermedad, que era la "oficial" en todo este asunto pero que para más inri, tampoco estaba bien diagnosticada, de modo que estaba siendo castigado mi cerebro por una enfermedad "de la que no tenía la culpa", por hacer un poco de chiste.

    Uf, perdona lo largo de mi comentario, pero me siento mejor ahora. Tu diario está muy bien escrito, me gusta mucho y es una gran idea.

    Besos, Judith, y defiéndete del malo y no lo asimiles con los buenos, que hay y muchos.

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